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Movilidad,
divino tesoro.

 
  • La movilidad urbana es un derecho que debe ser garantizado con políticas efectivas.
  • Los costos de una mala movilidad son enormes para la actividad económica.
  • La falta de estudios de prospectiva urbana, han llevado a que las obras que se realizan, nazcan rebasadas e insuficientes.
  • Son necesarias medidas integrales, en varios frentes para aliviar los problemas de movilidad de la ciudad.

Año 2015 - Noviembre, 30 - No. 737
 
 

La movilidad urbana implica el desplazamiento en distintos orígenes y destinos, tanto de personas como de mercaderías utilizando las diferentes vías y los distintos modos de transporte dentro de una ciudad. Poder trasladarnos de manera eficiente y a su vez tener acceso irrestricto y suficiente a los medios de transporte es uno de los objetivos principales que debe perseguir la política de movilidad.

La movilidad urbana es en sí misma un derecho, y debe estar garantizado en un cuerpo legislativo y un marco de legalidad basado en principios básicos de igualdad de acceso y de libertad de tránsito, de tal suerte que al efectuarse los desplazamientos que requieren las personas no se repercuta negativamente en la calidad de vida ni en las posibilidades de desarrollo económico, social, cultural y educativo de la población.

Ahora bien, vivimos en una ciudad extensa, con un problema de planeación, fragmentada y caótica, y los responsables somos tanto ciudadanos como autoridades, ambos por razones de indolencia, incivilidad, estulticia y por su puesto corrupción. El más claro y vivo ejemplo del mal que nos hemos hecho a nosotros mismos, es el enorme costo en que incurrimos al tratar de movilizarnos por la ciudad, no sólo para realizar actividades productivas, también para el esparcimiento; vivimos una arteriosclerosis en nuestro sistema circulatorio.

La zona metropolitana de la ciudad de México (ZMCM) abarca al Distrito Federal y a 60 municipios aglomerados 59 en el estado de México y uno perteneciente al de Hidalgo. El Distrito Federal actualmente tiene 8.8 millones de habitantes, con la zona metropolitana llega a 20.8 millones además de recibir a más 9 millones de visitantes al año. Es sin duda el centro neurálgico del país. De hecho, cada día entran y salen de la Ciudad más de 6 millones de vehículos.

En los próximos años la población de la ZMCM crecerá en un 14.9 %, pasará de 20.8 a 23.9 millones de habitantes en 2030. Por su parte, en un escenario tendencial, es decir, donde no se toman medidas correctivas, el parque vehicular crecerá en un 93.8 %, pasando de 4.9 a 9.5 millones de vehículos.

El crecimiento sin planeación y orden de la ciudad, aunado a la insuficiencia de infraestructura vial y de transporte y a la ausencia de efectivas políticas públicas de urbanización y desarrollo económico local han llevado a que la movilidad sea un trauma y para los que pueden hacerlo un privilegio más que una acción cotidiana. El caos generado por la suerte de esclerosis vial que vivimos por el número de vehículos que circulan diariamente en las llamadas horas pico, aunado a la paralización que provocan las manifestaciones y bloqueos, tienen un costo enorme para la economía de la ciudad. Estudios indican que al año se pierden 33,000 millones de pesos a causa del tráfico.

Según un diagnóstico de la Secretaría de Movilidad (SEMOVI), los habitantes de la capital tardan en promedio un mínimo de 60 minutos en desplazarse de su hogar a su centro de trabajo (en algunos casos hasta 3 horas) lo que supone que es más de tres veces de lo que en cualquier urbe organizada se requiere para trasladarse. Uno de los factores más importantes que abonan a este fenómeno es la dispersión y las distancias que existen entre los centros de trabajo y las zonas habitacionales. Es inconcebible que una persona tenga que atravesar la ciudad para ir a su trabajo, cuando lo ideal es que ambos puntos (casa y trabajo) se ubiquen lo más cercano posible. El fenómeno conocido como commuting, que implica el traslado desde los suburbios (que en la zona metropolitana son verdaderos dormitorios como lo son Ecatepec, Nezahualcóyotl, Ixtapaluca y Chalco en la zona oriente) hacia los centros de trabajo y de comercio, implica miles de horas-hombre perdidos en el tráfico, saturación de estaciones del metro y traslados peligrosos en camiones y peseros. Sin duda, esta situación se pudo aminorar si los gobiernos del Estado de México hubieran trabajado en políticas de fomento a la actividad económica local desde hace varias administraciones. Hay que tomar acción.

La Ciudad está mal planificada por la falta de estudios sobre prospectiva urbana y demográfica, por ello acciones como los segundos pisos, las nuevas líneas del metro o del metrobús nacen rebasadas. De igual forma, las adecuaciones viales que se proyectan como el deprimido en Mixcoac e Insurgentes, resultan además de mal cabildeados con la ciudadanía, sólo aspirinas para un problema más grande y creciente. En este contexto, cabe señalar que actualmente se discute qué hacer con el terreno que ocupa el actual aeropuerto; lo fundamental es poner sobre la mesa las vialidades que se necesitará construir para garantizar el acceso a esa zona, que evidentemente tendrá mucha más afluencia de personas y mercaderías que el actual tránsito de viajeros y carga.

Son necesarias acciones integrales que atenúen las llamadas horas pico, con medidas como horarios escalonados para el acceso al trabajo y a las escuelas (recoger a los niños en vehículos particulares muchas veces individuales, provoca grandes complicaciones viales); limitar número de placas; reducir la necesidad del commuting promoviendo fuentes de empleo en las periferias, así como incentivar un mayor uso del transporte público por parte de quienes tenemos acceso al automóvil. En este último punto, cabe estudiar la posibilidad de asimilar medidas como lo hacen en otras ciudades, con altos costos de estacionamiento e incluso impuestos a la cogestión vial y restricciones para circular en el centro de la ciudad, si bien es un derecho circular en nuestro propio vehículo, son válidas acciones que lleven a que usar el coche sea lo suficientemente caro para no usarlo, para ir a la esquina o sopesar el uso del transporte público como lo hacen ciudades europeas y asiáticas. Por supuesto, medidas de este tipo implican necesariamente mejorar el transporte colectivo.

La entrada en vigor del nuevo reglamento de tránsito para el Distrito Federal, nos pone de manifiesto que lejos de que tengamos una civilidad vial, las autoridades tienen que materialmente tapar huecos y volverse más estrictas y restrictivas, amén de imponer más sanciones. Un reglamento de tránsito no debiera ser una catálogo de multas, sino una serie de ordenanzas e indicaciones de cómo comportarse, pero mientas los automovilistas no entendamos que la mayor multa por pasarse un alto, invadir sin precaución vialidades o conducir con una mano en el volante y otra en el celular, es provocar un accidente que lleve a lesiones o la muerte, seguiremos alentando la corrupción y el caos, cancelando así acciones exitosas de coordinación entre autoridades y ciudadanos como lo ha sido el programa del alcoholímetro.

Es evidente que se requieren medidas urgentes, integrales y con visión de futuro para aliviar los problemas de movilidad urbana que tiene el Área Metropolitana. Es necesario actuar ya de manera coordinada en todos los frentes y órdenes de gobierno. Pero también se requiere que los ciudadanos tomemos conciencia que siendo parte del problema, también somos parte de la solución.

 


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